El rescate, segunda parte

[box style=”light-blue info rounded shadow”]La semana pasada empezaba un relato que concluye ahora. Pongo aquí el enlace para los que no lo leyeron en su día, y por comodidad para los que lo hicieron. El resumen de la historia es el siguiente: David Duane y la doctora Gonnard estaban en su consulta, y la doctora parecía creer que David padecía un trastorno de identidad disociativo, también conocido como personalidad múltiple. David se somete a hipnosis para que la doctora pueda hablar con su otra personalidad y entonces…[/box]

– Cierra los párpados, pero mantén los ojos fijos en el mismo sitio, como si siguieras viendo la luz… La luz es lo único que existe, concéntrate en ella… -hizo una pausa-. David, quiero que te relajes, como si fueras a dormirte. David, apártate, deja que salga… David…

– ¡No soy David, zorra! ¡Deja de llamarme así! -dijo él. El tono de su voz había cambiado, y era ligeramente más agudo, aunque seguía siendo una voz masculina-. ¿Quién eres, tía? Continúa leyendo El rescate, segunda parte

El rescate, primera parte

La doctora Gonnard miraba a sus notas mientras le hablaba, aparentemente ausente. No le gustaba estar tumbado en aquel diván, aunque le proporcionaba una especie de barrera invisible que le ayudaba a hablar con más libertad.
– ¿Entonces…? -dijo, dejando la pregunta en el aire.
– Es pronto para un diagnóstico, señor Duane -respondió ella-. Usted ha sido ya diagnosticado en tres ocasiones en otros centros, pero no presenta mejora. Tal vez la sesión de hoy nos revele por fin la verdadera naturaleza de su trastorno. ¿Ha tomado la medicación que le receté?
– Sí.
– Bien. Repasemos su caso una vez más. Usted dice sufrir de pérdidas de memoria, y hablando con sus familiares y amigos le hablan de conversaciones que ha tenido con ellos que usted no puede recordar. ¿Correcto?
– Eh… correcto -no quería pasar por aquello otra vez-. ¿Es necesario volver a…?
– Sí, es necesario -le cortó ella, secamente-. ¿Dolores de cabeza?
– Sí… -contestó, desganado.
– En su informe también habla de poseer textos que no recuerda haber escrito, objetos que no recuerda haber comprado y de… -revisó sus papeles una vez más- programas instalados en su ordenador cuyo propósito desconoce. ¿Qué tipo de programas son, señor Duane? Continúa leyendo El rescate, primera parte

El puente

Érase una vez, un hombre que vivía en una pequeña casita junto al camino. Tenía que ir todos los meses a la capital, pero para hacerlo tenía que vadear un río, lo que le costaba un gran trabajo. Así que decidió construir un puente, lo que le llevó mucho tiempo y dedicación, por no hablar de dinero. Meses después, el puente estuvo terminado, y por fin pudo utilizar un carro para ir al mercado, lo que facilitó su vida enormemente.

Al poco tiempo, el hombre vio que otros ciudadanos comenzaron a utilizar su puente, lo que llenó de orgullo. Muchos viandantes elogiaron y agradecieron su obra, y el hombre sentía la satisfacción de un trabajo bien realizado. Continúa leyendo El puente

El puente levadizo

El viento silbaba por entre las pétreas ruinas y me susurraba ominosos presagios que invadían mi voluntad y atenazaban mi corazón. Me estremecí al pensar en los peligros que indudablemente me aguardaban, e intenté apreciar lo que sin duda eran los últimos momentos de paz de mi viaje, pero el desánimo se apoderaba de mí al vislumbrar la oscura silueta que se recortaba ante una luna creciente, semioculta tras los jirones de una niebla antinatural. Sigue leyendo

La caverna

Después del incesante zumbido de la alarma, el cavernoso pasillo le recibió con demasiado silencio. Lo único que podía oír era el viento que silbaba levemente al pasar a través de los maderos que refulgían al fondo del pasillo, llenos de promesas. Pero no había tiempo. Estaba seguro de que nadie se atrevería a seguirlo fuera, pero la sensación de urgencia todavía se apoderaba de su consciencia.

No iba a mirar atrás. El primer paso resonó por la cueva mucho más de lo que le hubiera gustado, pero siguió avanzando. Pisó algo, y el chasquido le sobresaltó y le obligó a mirar al suelo mientras asía con firmeza la porra que le había robado al maldito O’Brian, el guardia de seguridad.

Se agachó a mirar más de cerca. Sabía lo que eran, había visto los dibujos en la consulta de su padre. Eran esqueletos humanos, renegridos por el paso del tiempo y quién sabe por qué más. Pero, ¿qué hacían allí? Uno de ellos tenía algo en lo que había sido su mano. Estaba formado por un largo madero unido a un rectángulo de cartón. Lo cogió y le dio la vuelta, mientras una gran capa de ceniza resbalaba hasta el suelo. En él se podía leer con grandes letras, escritas a mano:

«¡Nos estamos MURIENDO, bastardos!»

Un poco más allá podía ver otro cartel, abandonado en el suelo:

«¡Ayudadnos!»

Otro más usaba un lenguaje que los habitantes del Refugio hubieran desaprobado. Tal vez por eso no les dejaron entrar… pero, ¿quién había sido esa gente? Parecían desesperados… y no creía que los bandidos llevaran pancartas… hasta hacía unas horas no hubiera creído que el Administrador fuera capaz de dejar morir a inocentes, pero eso había cambiado tan repentinamente como su vida…

No había tiempo para más. Iba a proseguir su camino. Y no iba a mirar atrás.

Avanzó rápidamente por el pasillo. El suelo era irregular y muy distinto de los metálicos suelos del refugio. Por suerte estaba iluminado por la brillante luz que se filtraba por los travesaños que cada vez estaban más cerca. No iba a mirar atrás…

Llegó a lo que claramente era una puerta, pero no se parecía a ninguna puerta que hubiera visto hasta entonces. Para empezar, no tenía ninguno de los mecanismos de seguridad, y obviamente no había detenido a los protestantes. Tiró de ella y con un quejido, la puerta se abrió. Se dispuso a salir, no iba a mirar atrás…

… pero lo hizo. Allá en la oscuridad, más allá del rocoso pasillo, y más allá de la esclusa de seguridad, se imaginó ver a Amata, su amiga de la infancia, inmóvil, esperándole. Pero no estaba allí. Nunca jamás volvería a verla. Se obligó a girarse y atravesó el umbral, pero se detuvo en seco.

Durante unos momentos, no pudo moverse. Era como si le hubieran golpeado en la cara con un bate de béisbol, excepto que no tenía nada delante. Era el calor… un calor abrasador, asfixiante, el cálido aliento del Yermo.

Cayó de rodillas. Todo era diferente, todas las sensaciones que le rodeaban eran nuevas para él. El calor, el aire, hasta el olor era diferente. Apoyó las manos en el suelo pedregoso y deslizó sus dedos entre la grava. Miró al despejado cielo, en el que el ardiente Sol le cegaba implacablemente. Siempre había tenido un techo sobre su cabeza, sus ojos nunca había podido ver muy lejos. Ahora, la inmensidad de la gran nada que tenía ante él le sobrecogió. Ojalá estuviera allí su padre para explicarle…

Padre. ¿Dónde habría ido? ¿Cómo iba a ser capaz de encontrarle en ese enorme paisaje que se extendía más allá del horizonte? Apretó los puños y la tierra se escapó por entre sus dedos.

– ¡Padre…! -sollozó- ¿por qué… me has abandonado?