El rescate, segunda parte

[box style=”light-blue info rounded shadow”]La semana pasada empezaba un relato que concluye ahora. Pongo aquí el enlace para los que no lo leyeron en su día, y por comodidad para los que lo hicieron. El resumen de la historia es el siguiente: David Duane y la doctora Gonnard estaban en su consulta, y la doctora parecía creer que David padecía un trastorno de identidad disociativo, también conocido como personalidad múltiple. David se somete a hipnosis para que la doctora pueda hablar con su otra personalidad y entonces…[/box]

– Cierra los párpados, pero mantén los ojos fijos en el mismo sitio, como si siguieras viendo la luz… La luz es lo único que existe, concéntrate en ella… -hizo una pausa-. David, quiero que te relajes, como si fueras a dormirte. David, apártate, deja que salga… David…

– ¡No soy David, zorra! ¡Deja de llamarme así! -dijo él. El tono de su voz había cambiado, y era ligeramente más agudo, aunque seguía siendo una voz masculina-. ¿Quién eres, tía?

– Soy la doctora Gonnard. Tranquila, dime quién eres tú -dijo la doctora, con una voz dulce y relajante.

– Soy… no, no te voy a decir una mierda.

– Estoy tratando de ayudarte, y necesito poder dirigirme a tí de alguna manera si queremos seguir hablando, ¿no?

– A lo mejor yo no quiero seguir hablando contigo.

– Sé por lo que estás pasando, y quiero ayudarte. Yo puedo ayudarte a escapar de tu prisión. Dime tu nombre, por favor…

– Yo… es que no tengo un nombre.

– ¿No? ¿Cómo te llaman los demás, cuando hablan contigo?

– La mayor parte del tiempo, me llaman David, pero no me gusta. Yo no soy David. Suelo seguirles la corriente, pero…

– ¿Qué alias utilizas en la red? Sí, sé que navegas por la red, no te sorprendas. Dime tu alias, por favor. Lo has escogido tú, así que no te importará que me dirija a tí por tu apodo. En cierto modo, los nombres que escogemos son a veces más reales que los que nos imponen, ¿no?

Hubo un breve momento de silencio.

– Spyder -murmuró.

– ¿Cómo?

– Spyder, ¿vale? ¡Si no te gusta, o te parece ridículo, puedes…!

– Spyder. De acuerdo, Spyder. ¿Por qué crees que estás aquí?

– Dímelo tú, tú eres la doctora.

– Muy bien, te diré por qué estás aquí. Quieres respuestas. Llevas buscándolas desde que tienes memoria. Sabes que este no es tu sitio, que no encajas, que no perteneces. Tu cuerpo no es el tuyo, tu casa no es tu casa, tu familia no es la tuya… ¿voy bien?

– Eres muy lista. ¿Qué vas a hacer al respecto?

– No he terminado. También sabes que algo más no encaja. Tú no encajas en el mundo, pero el mundo tampoco está bien. Miras a tu alrededor, y ves a los demás llevando sus vidas tranquilamente, pero tú ves algo que ellos no ven.

– ¿Como sabe qué…?

– No me interrumpas más, por favor, tenemos poco tiempo. Ves que el mundo que nos rodea es falso, no es real. Es como cuando ves un paisaje en una fotografía. La fotografía es una representación del paisaje, no es el paisaje. El paisaje es real, la fotografía no. Trataste de escapar del mundo cuando te suicidaste, ¿no es cierto?

– Sí… No podía soportarlo más. Quería respuestas…

– No querías respuestas. Querías una respuesta en concreto. La respuesta a la pregunta, la pregunta que te hacía alargar cada vez más tus estancias en este cuerpo, que sabes que no es tuyo. La pregunta que nadie sabía responderte. Buscaste en los libros y buscaste en la red, donde encontraste más gente que se hacía la misma pregunta.

La doctora Gonnard acercó su cara a la de David y susurró:

– Spyder, quiero que me hagas esa pregunta…

– ¿Qué es Matrix? -preguntó finalmente Spyder.

La doctora se puso inmediatamente de pie y le agarró la mano.

– Si quieres saberlo, vas a hacer exactamente lo que yo te diga. Antes, David se ha tomado una pastilla roja. Le he dicho que era un hipnótico que nos ayudaría en la sesión, pero en realidad es un localizador. Ayudará a que mis amigos te encuentren. Ahora, escúchame, esto es muy importante. Hemos intentado esto otras veces con otros en tu situación, y no lo consiguieron. Tienes que poner toda tu atención en esto, ¿podrás hacerlo?

Intentó afirmar con la cabeza, pero no pudo moverla.

– Sí -dijo.

– Tienes que hacer todo lo posible por no despertarte. Ahora tu cuerpo y tu mente están dormidos -Sacó una jeringuilla de un pequeño maletín de cuero, que no parecía tener nada más, y empezó a prepararla-. Voy a despertar tu cuerpo para que puedas moverte, pero si tu mente despierta a mitad del proceso, o si David vuelve a tomar el control, no podremos hacer nada por tí. Morirías, simple y llanamente. Así que, concéntrate.

La doctora se detuvo, como si recordara algo.

– Por supuesto, podríamos dejar las cosas como están. Tú seguirías con tu vida, y David con la suya, pero no te arriesgarías a morir. Spyder, ¿quieres seguir adelante?

– ¡Claro que quiero, tía…! Perdón. Sí… por favor.

– Así me gusta. De acuerdo, deja que te ponga esto. No notarás nada, y dentro de poco, podrás volver a moverte – le pinchó en el brazo, e insufló un líquido ligeramente plateado en su torrente sanguíneo.

El cuerpo de David abrió los ojos de repente.

– ¡No hagas movimientos bruscos! ¡Podrías despertar! Tal vez te resulte más sencillo si mantienes los ojos cerrados.

El móvil volvió a sonar, interrumpiéndola, y ella contestó de inmediato.

– ¿Qué? ¿Ya están aquí? ¡Mierda! -exclamó, en voz baja-. Sí, de acuerdo. Colgó el teléfono y volvió a dirigirse al cuerpo de David, que volvía a tener los ojos cerrados-. Vamos a tener que darnos más prisa de la que gustaría, Spyder, pero mantén la calma.

– ¿Ocurre algo malo?

– No debes preocuparte por eso. Inspira profundamente y sigue durmiendo. Ahora, voy a ayudarte a levantarte. – Agarró su mano y puso la otra en su espalda, para incorporarle. Despacio, eso es…

Afuera, empezaron a oírse ruidos. Alguien había entrado y la recepcionista estaba hablando con ellos.

– ¡Mierda! ¡Vamos, ven a mi escritorio, rápido! ¡No prestes atención a lo de fuera, camina, poco a poco, pero sin detenerte! ¡Agárrate a mí!

Dejó de oírse ruido fuera. El picaporte giró un poco y se detuvo, la puerta estaba cerrada con llave.

– Vamos, eso es. -Descolgó el viejo teléfono y se lo entregó. -Sujétalo, y póntelo al oído. Pase lo que pase, oigas lo que oigas, quédate aquí, y sobre todo, no te despiertes.

La puerta estalló en pedazos. Tres hombres entraron en la habitación. Iban bien vestidos, con trajes idénticos, gafas oscuras y un pinganillo en la oreja. Parecía agentes de seguridad, o del gobierno.

– Smith… -dijo ella, reconociendo al primero.

– Señorita Gonnard, diría que es una sorpresa agradable… -Tenía una pistola en la mano y apuntó con ella al frente, con media sonrisa en su cara- …pero la verdad es que tenía el presentimiento de que la encontraría aquí.

Spyder se llevó el auricular a la oreja, pero no parecía ocurrir nada. Respiró profundamente, y esperó, relajada, ajena a lo que le rodeaba. No debía despertar…

Pero despertó. Abrió los ojos y una potente luz la cegó, como si fuera la primera vez que los abría. Se incorporó y notó frío y asco. Cuando sus ojos se acostumbraron, se miró las manos. Estaban bañadas por un líquido caliente y viscoso, de un color rosáceo y semitransparente, que no sabía definir muy bien. Le entraron ganas de vomitar, pero al mirar más allá de sus manos, vio algo extraño. Su cuerpo… era un cuerpo de mujer, no de hombre.

Se agarró a los bordes de lo que parecía una extraña bañera metálica y giró la cabeza. Allí vio su cuerpo, o mejor dicho, el cuerpo de David, que dormía plácidamente en otra de aquellas cápsulas, aunque ésta estaba cerrada. La recorrió con sus ojos y vió que de la parte trasera salía un tubo, que también siguió con la mirada, hasta que encontró un punto en el que estaba roto, invadido por otro tubo que salía de su propia cápsula.

De pronto, el habitáculo comenzó a hacer unos ruidos extraños y se abrió por la parte inferior. El extraño líquido en el que estaba sumergida empezó a escapar por un túnel, y ella empezó a escurrirse. Intentó agarrarse, pero era en vano. Iba a caer, a donde quiera que fuera y no podía evitarlo… Notó un fuerte golpe en la cabeza, y la negrura volvió a invadirla.

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba tumbada en una cama. La doctora Gonnard estaba sentada a los pies de la misma, pero iba vestida de un modo diferente, con unas ropas grises y desgastadas.
Trató de incorporarse, pero ella se lo impidió.

– Descansa -susurró.- Todo ha salido bien. Es casi un milagro.

– ¿Qué este sitio? ¿Dónde estoy?

Estuvieron hablando durante lo que parecieron horas, en las que ella se lo explicó todo. El mundo en el que había vivido hasta ahora era una simulación computerizada. Las máquinas, con las que estaban en guerra, cultivaban humanos y los utilizaban como fuentes de energía. Para evitar que se rebelaran, los conectaban a esa simulación.

– Pero, ¿por qué David y yo habitábamos el mismo cuerpo…? ¡David! ¿Qué ha sido de él?

– Tranquila, David está bien. De hecho, está mejor que nunca. Despertó en la consulta vacía, sin acordarse de nada desde el momento en el que le hipnoticé, como tantas otras veces. En estos momentos, estará llegando a su casa, donde proseguirá con su vida, solo que algo habrá cambiado. Spyder ya no está -dijo, sonriéndole.- En cuanto a por qué compartíais cuerpo, no lo sabemos. Creemos que es un error que no debería haberse producido, pero con las máquinas, nunca se sabe. Son casos raros, y tú eres la primera en conseguir sobrevivir al proceso de extracción… Por eso él tiene tantas ganas de hablar contigo. Posees implantes, pero nunca han sido utilizados. Tu mente es como un vaso vacío, o eso dice él.

– ¿Él? ¿Quién es él?

– Pronto le conocerás, no te preocupes ahora por eso.

– ¡Pero no podemos dejar ahí al pobre David! ¡Tenemos que volver a por él! ¡Tiene que saber la verdad!

– Spyder, David… no está preparado. Descubrir que toda la vida que has llevado hasta ahora es una mentira es demasiado para la mayoría de las mentes. Pero no para ti, tú siempre has sabido que algo estaba mal. Para ti es más fácil, aunque apuesto a que tampoco es ningún paseo por el campo. Deberías descansar, mañana te espera un día muy importante.

La verdad es que estaba empezando a marearse, y notaba que su cuerpo soportaba el cansancio de un millón de años sin dormir. Volvió a tumbarse, y Gonnard se levantó y se dirigió hacia una puerta metálica, como la de un submarino.

– Doctora, ¿qué pasa mañana? – preguntó Spyder.

– En realidad no soy doctora, así que deja de llamarme así. Mañana hablarás con él y decidirá si debes iniciar tu entrenamiento y en qué debe consistir para aprovechar al máximo tu potencial. No te preocupes, estoy segura de que lo harás bien.

Los ojos le pesaban y luchaba por no dormirse, justo al contrario que… ¿cuánto tiempo había pasado?

– ¿Cómo… he de llamarte…? – consiguió preguntar Spyder.

– Puedes utilizar el nombre que usaba en la red, aquí todos lo hacen. Te va a parecer gracioso, es…

Spyder no lo oyó. Se había quedado dormida.

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