La moneda del diablo

La historia de Frank realmente comienza aquí, con una llamada de teléfono…

Era imposible, no tenía ni pies ni cabeza. Pero había llamado ella, y quería «dar testimonio», y se estaba quedando sin ideas, así que no quedaba más remedio que hacer aquella entrevista…

Frank lanzó el guión del programa de la semana sobre la mesa, donde quedó abierto por la página del documental sobre las extrañas muertes de ganado en la región.

– Vacas… -murmuró-. Estoy haciendo un documental sobre vacas…

Se disponía a bajar a tomarse algo, algo bien fuerte para quitarse las telarañas que nublaban su mente, cuando sonó el teléfono. Miró la pantalla, el número no estaba en la agenda.

– Que no sea otro pirado, por favor, que no sea otro pirado… -dijo en voz alta, mientras se preparaba para contestar, pensando en cuándo demonios iba a arreglar el contestador-. Al habla Frank Finn, investigador de lo paranormal y de lo oculto -No era su mejor frase de presentación, pero le había pillado con la guardia baja.
– ¿Frank Finn? ¿Eres Frank Finn de verdad? Jo, tío, veo tu programa todas las semanas -Frank puso los ojo en blanco-. Oye, me han dicho que tú compras cosas raras, viejas y eso.

La voz del interlocutor al otro lado de la línea era confusa y no se entendía bien, arrastraba las palabras. O era imbécil, o estaba borracho, o colgado. Posiblemente, todas a la vez.

– Sí, dependiendo de lo que sea, puedo estar interesado -dijo Frank, con todo el aplomo y la contención que pudo reunir.
– Bah, esto te va a molar mazo, tío. Es una moneda mazo vieja, ¡y es de oro! Bueno, o eso creo, porque la he mordido como sale en las pelis pero luego no sé qué más hacer… -Frank hubiera puesto los ojos en blanco si no los tuviera ya.
– Una moneda de oro antigua… podría interesarme, sí. ¿Puede enviarme una fotografía de la moneda a mi correo electrónico?
– Qué va tío, yo de eso de Internet no controlo nada…
– De acuerdo, entonces si no le importa señor… -dejó la frase en el aire, esperando una respuesta. Una respuesta que no parecía llegar nunca.
– ¡Ian! Llámame Ian, todos lo hacen.
– De acuerdo, Ian. Como ve el programa, deduzco que es de Nueva Orleans o los alrededores -No tenían potencia ni permiso para emitir más lejos-. ¿Podría pasarse por mi casa, digamos, este fin de semana, con la moneda para que pueda verla?
– Claro que sí, tío. Oye, ¿pero no puede ser antes? Yo si eso me acerco ahora en un momento, estoy cerca, sé dónde es…
– ¿A estas horas? -Miró por la ventana, era ya noche cerrada-. ¿Podría ser mañana por la mañana?
– Hmm… vale, mañana me va bien.
– ¿A eso de las diez?
– Qué va, eso es mazo pronto para mí, yo hasta las una y pico no me suelo levantar.
– ¿Qué pasa? ¿No tiene un despertador? -La paciencia de Frank se agotaba por momentos.
– Qué va tío, tenía uno, pero se lo vendí al Johnny.
– Bueno -dijo rápidamente, pues no quería escuchar la historia de Johnny-, pásese a la hora que quiera, estaré en casa. Hasta mañana, entonces.
– ¡Espera! Oye, colega, ¿cuánto me vas a pagar?
– Eso no lo sabré hasta haber visto la moneda y sepa lo que vale.
– Ah claro, normal, tienes que ver la mercancía antes. Yo también lo hago así, el Ian no es tonto, ¿sabes? Oye, puedes fiarte de mí, soy legal. Pregunta a cualquiera del barrio por Ian y ya verás. Bueno, menos al Johnny, el muy capullo dice que el reloj ese no funciona bien, que le falta no se qué… Yo le digo que con ese despertador, jamás he llegado tarde a ningún sitio, pero… -Estaba claro que desvariaba y que había perdido el hilo de la conversación.
– Ian, tengo que colgar, lo siento, nos vemos mañana, ¿de acuerdo?
– Ah, vale, venga tío, allí estaré.

Frank colgó el teléfono y se dejó caer en el sillón. Necesitaba ese trago, pero se le habían quitado las ganas de moverse de allí…